Un audio reenviado por WhatsApp o un video que se replica en redes puede alcanzar a miles de usuarios en pocos minutos. Por eso, los especialistas insisten en que ninguna decisión sobre la propia salud debería tomarse a partir de contenidos que no tengan sustento científico. Aquello que llega con apariencia de consejo bienintencionado termina, en muchos casos, con desenlaces graves: impulsa la automedicación, el uso de remedios sin evidencia médica o el abandono de terapias en curso.
Un problema de salud pública, no solo un asunto de redes
La alerta la formuló Nathaly Rozo, quien enseña en la Maestría en Salud Pública de Areandina (Fundación Universitaria del Área Andina), sede Bogotá. En su explicación, la difusión de datos falsos en materia médica dejó de ser un fenómeno propio de las plataformas digitales para convertirse en un asunto sanitario que exige atención.
La experta detalla que bajo el término infodemia se agrupan varias maneras de propagar contenidos engañosos. Una es la desinformación, que aparece cuando el material es falso o incluye datos imprecisos. Otra es la misinformación, que ocurre si alguien reenvía algo equivocado convencido de que es verdad. Y está la malinformación, que se produce al sacar de contexto un dato real o al usarlo con la intención de confundir o hacer daño.
Por qué se viralizan tan rápido
Para Rozo, la mayor dificultad está en la velocidad con la que estos mensajes se expanden. Los contenidos falsos, dice, corren mucho más rápido porque tocan resortes emocionales: miedo, indignación, sorpresa o esperanza. Ese impacto hace que el usuario reenvíe sin detenerse a revisar si el origen del material es confiable.
Las señales que deben generar sospecha
La especialista sugiere poner en duda cualquier publicación que ofrezca la cura de todas las enfermedades con un único producto o que se apoye en fórmulas como "este remedio lo cura todo", "hazlo antes de que sea demasiado tarde" o afirmaciones sobre supuestos secretos que los médicos ocultarían. Igual de importante es mirar si el contenido tiene fecha, si aparece un autor identificado, si cita referencias científicas y si fue emitido por instituciones reconocidas. Buena parte de las cadenas que circulan por mensajería o de los videos sin firma no cuenta con ningún respaldo técnico.
Los riesgos concretos
El peligro real, advierte, se materializa cuando alguien cambia su conducta por lo que leyó o vio. Adoptar recomendaciones sobre medicamentos, terapias alternativas o preparaciones caseras sin pasar antes por consulta con personal sanitario puede derivar en intoxicaciones, en combinaciones peligrosas entre fármacos y en diagnósticos que llegan tarde. En pacientes con enfermedades crónicas, además, existe el riesgo de que se suspendan tratamientos que resultan indispensables.
Dos ejemplos documentados
Uno de los episodios que más se recuerda se dio con la emergencia sanitaria por COVID-19: miles de personas ingirieron dióxido de cloro persuadidas de que así prevenían o superaban la enfermedad. Las autoridades sanitarias, sin embargo, registraron numerosas intoxicaciones y hasta muertes vinculadas a ese consumo en distintos países latinoamericanos.
Algo parecido ocurre con los antibióticos tomados sin fórmula médica, práctica que sigue figurando entre los factores que más impulsan la resistencia antimicrobiana. Ese fenómeno le resta eficacia a esos medicamentos cuando se necesiten frente a infecciones posteriores.
La rutina de verificación que propone la docente
Antes de creer o reenviar algo sobre salud, Rozo plantea un chequeo simple: identificar quién publicó el contenido, en qué momento se divulgó y si hay una fuente oficial que sostenga lo afirmado. Cuando alguna de esas respuestas queda en el aire, lo aconsejable es no compartir el mensaje.
La recomendación incluye revisar más de una fuente confiable y cruzar los datos con entidades oficiales. En el país, señala como referentes para comprobar información médica al Ministerio de Salud y Protección Social, al Instituto Nacional de Salud (INS), al Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima), a la Superintendencia Nacional de Salud y a las universidades. En el plano internacional, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Organización Panamericana de la Salud (OPS) siguen siendo las voces de mayor autoridad en salud pública.
El papel de las familias
El cierre de su mensaje apuntó a la educación digital en los hogares, con énfasis en los adultos mayores, uno de los grupos más expuestos a los contenidos falsos que circulan por redes y aplicaciones de mensajería. Dedicar unos minutos a comprobar un material antes de reenviarlo, subrayó, permite evitar errores que en ocasiones acaban afectando de forma seria la salud y la vida de quienes los siguen.